Infidelidad femenina
Son muchos y muy variados los autores que a lo largo de la literatura han hablado del adulterio. En este caso hemos elegido el audlterio femenino a través de tres personajes femeninos: Madame Bovary, Anna Karenina y Ana Ozores “La Regenta”, sus respectivos autores Flaubert, Tolstoi y Leopoldo Alas “Clarín” critican todo el sistema social de su época, asi como la frustación femenina de las casadas.
Las insignes heroínas literarias del ochocientos empiezan a cumplir años. La primera, Emma Bovary, es sesquicentenaria este año, y enseguida la seguirán Anna Karenina, Isidora Rufete, Ana Ozores y Fortunata. Todas ellas fueron en un momento de su vida ficticia envenenadas por un mismo destilado: la sentimentalidad romántica. El bebedizo les fue dispensado a unas, como la Bovary o Ana Ozores, vía la lectura, los novelones románticos que pintaban sentimientos, el amor en primera instancia, totalmente apartados de la realidad y de sus limitaciones. Otras, caso de Isidora y de Fortunata, fueron engañadas por la palabrería de los donjuanes de la época, quienes incendiaron su imaginación con anhelos irrealizables.
Emma Bovary, Anna Karenina, fueron, en última instancia, víctimas de un sistema de valores y creencias burgués, de origen cristiano, que condenaba la sexualidad y que cuando la mujer se escapaba de sus redes utilizaba el entramado social y político para vigilar su conducta, y cuando se constituía en una transgresora del orden establecido la castigaba psicológicamente por ello. La consecuencia suele ser la muerte por suicidio, causada por la desesperación. Flaubert odió como pocos a las costumbres burguesas, por eso su protagonista ha quedado como símbolo de sus devastadores efectos en el ser humano.
Madame Bovary (Fragmento):
Emma, que le daba el brazo, se apoyaba un poco sobre su hombro, y miraba el disco del sol que irradiaba a lo lejos, en la bruma, su palidez deslumbrante; pero volvió la cabeza: Charles estaba allí. Llevaba la gorra hundida hasta las cejas, y sus gruesos labios temblequeaban, lo cual añadía a su cara algo de estúpido; hasta su espalda, su tranquila espalda resultaba irritante a la vista, y Emma veía aparecer sobre la levita toda la simpleza del personaje.
Mientras que ella lo contemplaba, gozando así en su irritación de una especie de voluptuosidad depravada, Léon se adelantó un paso. El frío que le palidecía parecía depositar sobre su cara una languidez más suave; el cuello de la camisa, un poco flojo, dejaba ver la piel; un pedazo de oreja asomaba entre un mechón de cabellos y sus grandes ojos azules, levantados hacia las nubes, le parecieron a Emma más límpidos y más bellos que esos lagos de las montañas en los que se refleja el cielo.





